19 diciembre, 2012

La ruta de los olores


Hace un par de semanas estuve en Estepa, ciudad, que yo creía que era un pueblo, perteneciente a la provincia de Sevilla y a la que, debo dedicar este post, no por sus maravillosos paisajes, la hospitalidad de su gente, su riqueza histórica o su fabulosa gastronomía, cosas innegables, sino por su olor...


A Estepa se la conoce como "el balcón de Andalucía" porque la ciudad surgió de lo alto del  cerro de San Cristobal, un lugar desde el que se puede ver Sevilla, Córdoba, Málaga y las sierras de Granada en días claros.


Un lugar mágico impregnado de un fuerte olor a la piedra del antiguo Alcázar o el Convento de Sta. Clara, y al que estoy segura llega el olor a almendra y a canela de la fábrica de mantecados El Patriarca (entre muchas otras) en temporada de fabricación de mantecados.
Y es que una de sus actividades económicas más importantes junto con la producción del oro líquido, el aceite de oliva, la fabricación de mantecados y polvorones de los que, como ya imaginareis, me he traído un saco.

La ciudad de Estepa es innegablemente una ciudad puesto que la historia dice que, en 1886 la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena (toma ya) le concedió el título de ciudad después de haber sido un enclave estratégico dónde se cruzaban varios caminos en la época romana, cuando Estepa era Ostippo, después también de haber sido enclave visigodo y musulmán hasta ser conquistada por Fernando III el Santo y de alcanzar su esplendor artístico y monumental en el s.XVI. Así que Estepa, lo que yo llamaba, el pueblito bueno por el que me dejé adoptar, como en la última campaña de Aquarius, es una ciudad que huele a historia.
En mi segundo día allí me llevaron a hacer una ruta en bici por las calles de la ciudad, calles empedradas formadas por cuestas que parece que llegan hasta el cielo y con ese olor del que os hablaba al principio, a almendra y a  canela, y eso, que la producción de mantecados ya es mínima en esta época del año.


  

Mis inspiraciones eran tan profundas que hasta me dolían, el frío me congelaba la puntita de la nariz, la brisa gélida del Diciembre estepeño me helaba la garganta pero yo no podía dejar de inspirar ese aire que parecía poderse comer. Mientras me deslizaba por alguna de las cuestas que anteriormente había subido cerraba los ojos y abría la boca con intención de masticar el ambiente... Menos mal que al final de ninguno de esos caminos había una pared contra la que estrellarme...

En mi paseo en bici, desde la calle Santa Ana, en el casco antiguo, y cruzando el pueblo por la A-92, la carretera principal que lo conecta con Sevilla, Granada o Almería, acompañados todo el camino de ese olor a dulce navideño, llegamos hasta el manantial de Roya, donde mi particular guía de ruta (que no podía ser mejor) y yo, al igual que el viajero de antaño, paramos a reponer fuerzas y saciar la sed... Bueno, la verdad sea dicha, yo no fui capaz de beber porque soy tan friolera que el solo hecho de quitarme un guante para poner la mano bajo el agua y beber se me asemejaba a cruzar descalza la Tierra Media para entrar en Mordor.

Aquí el ambiente olía a agua fresca, barro y hojas húmedas. Durante la noche había llovido y el olor era tal que ni siguiera la subida de la Raja de Gilena pudo impedir que inspirara tan profundamente ese maravilloso aroma con intención de quedármelo dentro para siempre.

Ya de vuelta a casa desde el manantial de Roya rodeando el pueblo por el lado contrario a la carretera principal y de vuelta al Casco Antiguo tuve la oportunidad de apreciar por qué Estepa fue conjunto histórico-artístico en el 65, la Torre del Homenaje, la iglesia de San Sebastián, El Carmen o Santa Ana dónde, por una cuestión de amor (no a Dios precisamente), quizá un día me case, son algunas de las construcciones con las que me pude deleitar.


Pero no os voy a aburrir, a aquellos que os aburráis con estas cosas, con las características arquitectónicas de estos monumentos de los que ya se ha escrito bastante y que podéis consultar en cualquier otra página en otro momento, lo que os voy a decir es a que huele el casco antiguo de Estepa, porque a parte de oler a fe, tradición y respeto (cosas que si hueles sabes qué es a eso a lo que huele pero no podrías definir como olor) hay una inconfundible fragancia a suavizante y ropa limpia tendida en las azoteas de la ciudad.

    


Maravillosas azoteas que no luchan entre ellas por ser la más alta del pueblo y no se sabotean las vistas las unas a las otras. En Estepa cada edificio tiene su justa medida, siendo, en el caso de la zona vieja, casi todo casas de dos, tres o cuatro plantas que huelen a molduras de escayola, forja y madera, a geranios y a comida de mamá, a carne en salsa de almendras, cocido, patatas guisadas, salmorejo estepeño y tortillitas de camarón, que es también a lo mismo que huele el bar El hueso situado en la carretera que cruza el pueblo, un bar que quizá pase desapercibido para los turistas pero probablemente tenga unas de las mejores tapas de la zona, cervecita bien fría y una compañía de lo más pintoresca. Pero sabéis con qué olor me quedo de este bar? No con el estupendo aroma sale de su cocina no, si no con el del producto que usan para fregar, se me olvidó preguntar la marca, todo un fallo, lo quiero para casa!!
Y bueno, y la gente? a qué huele la gente en Estepa? La gente en Espeta huele a la aceituna, al polvorón, a trabajo duro, a lucha por asegurar el futuro de los suyos... 


                             
Los estepeños huelen a generosidad, hospitalidad y gracejo... Y son ellos los que hacen que Estepa tenga un olor especial.


Este es solo mi particular homenaje a una ciudad que me enamoró y a la gente me trató como una reina!

Gracias familia Castro - Campos.